Mi padre me contó que él no era fascista, falangista, ni nada que se le pareciera; de hecho provenía de una familia de destacados sindicalistas. Él era un simple viajante, vendía lociones para después del afeitado y cepillos de dientes, y el comienzo de la guerra le pilló trabajando en la zona nacional.

Estuvo escondido mucho tiempo en el ático de una pensión de mala muerte, pero cuando empezó a tener claro hacia que lado se deslizaba la balanza de la contienda se dejó llevar. O eso me relató en su lecho de muerte. Que estaba cansado de ser un perdedor, así que denunció a la dueña de la pensión que le había, probablemente, salvado la vida, y se fue a comprar una camisa azul.

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