Publico este texto aquí por varias razones. La primera es que su autor, Moisés Cabello, me da permiso para hacerlo. La segunda, es que estoy de acuerdo con casi todo lo que dice. Haría matices, por supuesto, pero estando de acuerdo en lo básico, me parece bastante absurdo. Quede esta opinión aquí para recurrir a ella todas esas veces que te ves envuelto en una discusión en la que llueven piedras desde dos trincheras opuestas y tú intentas hacer aportes que parecen no gustar en ninguna de ellas. Antes, o después de leer la opinión, os invito a pasar por su muro de Facebook para opinar sobre la cuestión, o por su blog, para saber qué es lo que cuenta, y qué libros ha escrito Moisés.

Creo que la cultura no puede (no debe) ser un juego de suma cero, tanto emisor como receptor deben ganar con ella. En este caso, tanto industria como público tienen poder para influir en los niveles de piratería: ni es *exclusivamente* un fenómeno inofensivo que usa la industria como chivo expiatorio para encubrir malas gestiones, justificar políticas de precios abusivas, motivar subvenciones de más o legislar a medida en propiedad intelectual, ni es *exclusivamente* un fenómeno maligno y podrido de la picaresca de la gente maquillada bajo las más variopintas y bohemias excusas.

¿Por qué me quejo más entonces de las críticas que se hacen al público que las que van a la industria? Por varias razones, pero la fundamental es por una cuestión de pragmatismo y uso racional del esfuerzo y saliva para afrontar el problema: el público *no* va a cambiar su postura. La propiedad intelectual en lo digital nunca se ha aceptado, sólo se ha tolerado, y hay evidencia acumulada suficiente no sólo para ver que eso no está cambiando, sino que no va a cambiar jamás. Décadas y miles de millones de dólares invertidos en usar la tecnología para aislar lo que la propia tecnología permite difundir, o en “educar” a la gente para que equipare la propiedad intelectual con la física han ido a la papelera. Funcionó cuando la propiedad intelectual se enmascaraba en un objeto físico, antagónico y excluible: un libro, una cinta, un compact. Ninguna aproximación en tal sentido ha funcionado en Internet: ni con lobotomía el grueso de la gente equiparará bajarse un disco con trincarlo en El Corte Inglés. En cambio, Spotify o Netflix con un esfuerzo muchísimo menor han tenido influencia empírica en las estadísticas de descargas. No son la panacea, pero señalan una dirección caminable. Por tanto, el poder práctico y no teórico de influir en la piratería está en el lado de la industria, no en el del público.

Entiendo de todas maneras el rechazo a ver esto desde un prisma tecnooptimista, o a apartar el problema con un aspaviento y un “busca otro modelo de negocio”. Es más, lo comparto: la venta de copias que se generan sin coste no tiene futuro, o al menos no tal cual. Contra esto la temida cultura libre (entendida como tal y no como un todogratis encubierto) sólo ofrece una saludable charla filosófica sobre la propiedad intelectual, el acceso a la cultura, modelos de negocio, etcétera. No es en sí misma una alternativa concreta y aplicable, no se puede proponer en respuesta a nada. En estos casos el vicio suele ser usarla como una solución mágico-romántica que propone que si pagan otros (con publicidad, por ejemplo) todo será amor y tal porque lo ha dicho un señor famoso en Internet. No estoy de acuerdo con que tanta gente lo enarbole (lo conozca siquiera) como excusa para el pirateo, pero es cierto que se usa como vaporosa y vacía legitimación ideológica.

En la prensa tecnológica se le quita hierro al tema también con el manido busca otro modelo de negocio y a otra cosa, pasando por alto que eso ya lo sabe todo el mundo, que el problema es que de momento no hay modelos plenamente sustitutorios. Al menos no para todo. En el caso del software la cosa parece irse a la nube y la suscripción. Dos de los paquetes de software más antiguos y populares (y pirateados) del mercado que en los últimos veinte años se vendían como copias físicas en las tiendas y en los últimos años como copia digital en descarga, han dejado de ofrecerse como copias a secas. Microsoft Office y Adobe Creative Suite (Photoshop y compañía) se han pasado a la suscripción. La música va tirando con conciertos y suscripciones. El vídeo, publicidad y suscripciones. Los videojuegos, plataformas online con servicios añadidos y nube.

Los libros técnicos se están empezando a probar con las suscripciones también (tiene sentido, en lugar de irte comprando un libro actualizado cada X, pagas una cuota y tienes acceso a las actualizaciones), O’Reilly lo hace en EEUU y no le va mal.

La ficción literaria, en cambio, no tiene alternativas evidentes a la venta llana de copias. Hubo un pequeño lapso, unos años a mediados de la década pasada, en que los libros en papel se podían beneficiar de la libre difusión de copias digitales como hacen los conciertos con la música digital. Fue la época del auge del Creative Commons, y los ereaders no existían más que como caras pruebas de concepto. Escritores como Cory Doctorow se hicieron famosos por dar alas a aquel nuevo modelo potencial con su “toma, te dejo el PDF de mi libro gratis en mi web. Sé que me comprarás el libro en papel si te gusta porque el PDF es un rollo y leer en el monitor del ordenador es todavía peor. Y pásaselo a tus colegas, me harás publicidad”. El ebook era un objeto promocional del verdadero producto final que era el libro impreso. Mucho del optimismo del discurso de la cultura libre en relación a los libros viene de aquellos años. Entonces llegaron los ereaders y el ebook se convirtió en producto final también. Si vais a la web de Cory Doctorow veréis que continúa publicando sus novedades gratis en ebook, pero si os descargáis las últimas veréis que ahora en sus ebooks gratuitos intercala cada pocos episodios un interludio en el que os suplica que compréis el libro en papel.

Aquella salida para el libro se perdió. Hay algún experimento de suscripción como 24 Symbols pero es apenas anecdótico. De momento lo único que queda es hacer la compra de la copia lo más cómoda e indolora posible y estar cerca del lector para que vea una cara y que si te piratea sea porque de todas formas no podía pagarte.