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la-risa-bilbaoAyer contactaba conmigo el periodista argentino Mauricio Runno para preguntarme mi opinión sobre la polémica que ha suscitado el microrrelato ganador del premio internacional de microrrelato de la Fundación Cesar Egido Serrano. Presentado por el escritor argentino Armando Macchia, bajo el título El francotirador, el micro, que se ha llevado la abultada cantidad de 20.000 dólares, tiene un final muy parecido al de un chiste que circula por Internet. Este es el micro:

Todos los días, mientras esperaba el ómnibus, un niño me apuntaba desde un balcón con el dedo, y gatillaba como un rito su arma imaginaria, gritándome “¡bang, bang!”. Un día, solo por seguirle el rutinario juego, también yo le apunté con mi dedo, gritándole “¡bang, bang!”. El niño cayó a la calle como fulminado. Salí corriendo hacia él, y vi que entreabría sus ojitos y me miraba aturdido. Desesperado le dije “pero yo solo repetí lo mismo que tú me hacías a mí”. Entonces me respondió compungido: “sí señor, pero yo no tiraba a matar”.

A mí el caso, y así se lo he comentado a Mauricio, me suscita dudas; el problema está en la idea central, pero no en la redacción ni en su desarrollo, y al parecer está siendo investigado.

Me preocupa bastante más que el día siguiente, hoy, me encuentro una noticia idéntica, pero sobre un concurso mucho más cercano: el certamen de microcuentos La Risa de Bilbao. Tan solo unos días más tarde de la entrega del premio, el ganador ha sido descalificado por plagio. E igualmente estamos hablando del plagio de un chiste. Este es el microrrelato:

La vaca se desperezó aturdida, deslumbrada por el sol, tras una noche infame en la que se emborrachó dos veces: la primera, una mezcla de ginebra, vodka y tequila no lograron pasar del retículo y el rumen de su estómago, vomitando todo su contenido. Como buen rumiante volvió a beberse el líquido regurgitado, que fue absorbido en el omaso y fermentado en el abomaso, ocasionándole la segunda borrachera. Al despertar, se encontraba en mitad del desierto. Sin comprender cómo había llegado hasta allí, desorientada, miró el paisaje a su alrededor y exclamó:
– ¡Joder, me he comido todo el césped!

No tengo a mano el chiste, pero me temo que este caso puede estar más claro. Estábamos ante un concurso de micros de humor, y me imagino que la tentación era muy grande, no lo sé. Que nadie se lleva las manos a la cabeza, trampejas en los concursos literarios ha habido toda la vida, lo que ocurre es que ahora con Internet, y más tratándose de textos tan breves, es más fácil detectarlas. Yo os puedo contar que en una ocasión quede finalista en un certamen, y al buscar por curiosidad los nombres de los ganadores me enteré de que alguno había usado el mismo cuento para ganar en varios certámenes sin molestarse siquiera en cambiar el título. No dije nada, los que hemos crecido odiando al Peloto de los tebeos de Zipi y Zape nunca decimos nada…

Hay otro tema que me preocupa más que los plagios, y es el desprestigio de un género, o súbgenero literario que amo, el del microrrelato. En los últimos meses ha habido bastante movimiento en un blog, La medicina de Tongoy, cuyo autor ha despedazado varios libros de microrrelatos, a mi juicio de forma injusta. A pesar de ello, no puedo dejar de observar que los que defendemos el microcuento como forma de expresión literaria saltamos a defenderlo de forma gregaria, y la reflexión que deberíamos hacer es qué quizás esto no sea bueno, que quizás deberíamos ser nosotros los que eleváramos el listón de la exigencia. No dudo de que hay chistes que en si mismos atesoran gran creatividad, pero el microrrelato tiene que ser más, mucho más. Siempre habrá gente que lo critique injustamente, pero estarán en su derecho, así que al menos deberíamos intentar no darles munición a manos llenas.