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Cuando comentó en Facebook Iván Alonso que publicaba directamente en dicha red social, pequeñas reseñas con fecha de caducidad, le comenté que si quería yo le dejaba una habitación en mi blog, pequeña, pero con buenas vistas. Al final ha ocupado un ala de la casa, ya que he creado por él la categoría Reseñas. Así que si alguien se apunta hay habitaciones libres. Se estrena hablando de Los perros negros, de Ian McEwan.

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Un año después de acabada la II Guerra Mundial, Bernard y June Tremaine, un joven matrimonio de ideales comunistas, cultos y desinhibidos, viajan de luna de miel a una Francia aún maltrecha por la contienda, destruida y pobre. En su recorrido encuentran un dolmen, un monumento arcano en medio de un paisaje natural idílico, que les hace reconsiderar sus planteamientos políticos. El posterior tropiezo de su mujer con dos enormes perros de presa abandonados por las tropas de ocupación nazi tras su huida hace que June sufra una conversión religiosa que le hace abandonar su fe socialista por planteamientos cristianos. Décadas más tarde será su marido, ante la caída del muro de Berlín, quien vuelva a tropezarse con augurios funestos parecidos bajo la figura esta vez de jóvenes de extrema derecha que pretenden lincharlo tras defender a un inmigrante de origen turco. ¿Son esos encuentros meras casualidades, golpes azarosos de la vida, o esconden una fábula sobre los demonios de Europa?

Ian McEwan publicó en 1992 esta novela sobre los fantasmas que asedian permanentemente al continente europeo justo en un momento de optimismo inacabable ante un suceso que para algunos había conducido incluso a la antesala del ‘fin de la historia’. Frente a ello, el protagonista del relato de McEwan, un joven que escribe la biografía de sus suegros, que busca retales de memorias en el pasado para vivir en el presente, observa aterrado el movimiento de los acontecimientos en círculos.

Leer esta novela durante la reciente anexión por parte de Rusia de la península de Crimea y el auge de la extrema derecha tras las elecciones en Francia y Holanda oscurece de nubes negras el espacio físico y político en el que nos movemos.

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