Dos horas antes de morir, a media tarde, el abuelo tuvo unos inquietantes momentos de aparente lucidez. Los delirios se desprendieron como un velo, abrió los ojos de forma desmesurada, y durante unos minutos observó en silencio a todos los que estábamos en la habitación. Yo estaba medio oculto en una esquina, sentado en el suelo, en un hueco entre dos sillas, pero juraría que también era muy consciente de mi presencia.

“¡Sois todos unos hijos de la gran puta!”, bramó.

Mi abuela empezó a llorar, uno de mis tíos a sudar, y mi madre no sabía muy bien que hacer con las manos.

“Que sepáis todos que cambie el testamento hace un año”. Esto lo dijo susurrando como la serpiente que sale en El libro de la selva.

Después cerró los ojos, suspiró, y su cuerpo aguantó hasta la hora de cenar. Tan solo llamaba a mi abuela, como en sueños, de vez en cuando. Ella no quiso acercarse “al cabrón de mierda ese”, y se encerró en la cocina.

Mañana es la lectura de la última voluntad de mi abuelo. Están todos bastante nerviosos. A mí me parece todo francamente divertido. De momento.

17 de agosto de 2016. Santurtzi.

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