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Borja Terán, el periodista especializado en televisión de Lainformación se ha currado un fantástico post sobre la nostalgia. No sé si es lo que pretendía pero es lo que ha quedado. Era el riesgo de ponerse a especular sobre cómo podría ser hoy en día el rodaje de la serie que marcó la infancia de muchos de nosotros: Verano azul.

Nos sentamos a hablar de cuánto ha cambiado la televisión, y nos damos cuenta de que mucho más hemos cambiado nosotros. Todo es más rápido, más inmediato, la tecnología hace que muchas cosas parezcan más frías, pero todo depende del uso que hagamos de ella. Al fin y al cabo yo no sería capaz de hacerte llegar este texto si no fuera gracias a Internet.

verano azul

Pero centrémonos en la parte creativa del asunto. Verano azul ya no es posible, pero no solo porque nuestros veranos sean diferentes o porque la tele lo sea; ya no es posible porque Antonio Mercero, en las garras del Alzheimer, ya no puede hacerla, y hoy en día hay muy poca gente como él: gente que no bascule, bien hacia la chabacanería de barra de bar, o bien hacia una pretenciosa intelectualidad que mira al espectador por encima del hombro. Como bien dice Terán Mercero maneja a la perfección las interacciones entre personajes de diferentes generaciones para narrar historias cercas, historias que se pueden palpar porque se parecen a las nuestras, a las de los espectadores que no somos héroes, ni marginados de extrarradio. Historias de gente que se pone enferma, o que se iba de vacaciones a la costa o al pueblo en un viejo SEAT atestado de maletas, con las ventanillas bajadas y los bocadillos de tortilla de patata envueltos en papel de plata.

Os dejo con El final del verano, con el final de Verano azul, y puede que con el final de muchas cosas más.

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