El acceso a la estación de autobuses era una auténtica mierda. Ante la ausencia de rampa los jubilados caían fulminados de cansancio mientras intentaban subir pesadas maletas por los 17 escalones que separaban sus aburridas vidas de una semana en Benidorm. Una chica joven guerreaba contra una bolsa de viaje de dimensiones considerables, y decidí ayudarla ignorando a un octogenario que boqueaba a mi lado.

“Si me permites, te ayudo”, le dije mientras me apoderaba de una de las asas del fantástico bulto. Me sentí translúcido cuando aceptó mi ayuda, pero sin abrir la boca. Terminado el tramo de escaleras intenté de nuevo entablar una pequeña charla.

“¡Cómo pesa, chica! Ni que llevaras un muerto aquí dentro”.

Me miró con expresión horrorizada, los ojos pugnando por escapar de las órbitas, y huyó de mí arrastrando la bolsa como pudo.

Retrocedí para ayudar al anciano. En realidad no era tan guapa.