Cuando el último autobús repleto de turistas abandonaba la plaza, los niños del pueblo nos quitábamos los zapatos, nos arremangábamos el pantalón si es que ese día tocaba llevarlo largo, y nos metíamos en la fuente a coger las monedas que ellos tiraban.

Mientras mis amigos celebraban con jolgorio el canje de los deseos improbables de otros, por sus pequeñas certezas a adquirir en la tienda de chuches de Paco, yo debo confesar que sentía cierta desazón cuando guardaba en mi viejo monedero de Naranjito la última asignatura de la carrera, pendiente de aprobar, de Andrés, el remedio a los dolores de la pierna de Gloria, y el sí que una chica llamada Natalia probablemente ya nunca daría.

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