Este post fue publicado originalmente el día 5 de octubre de 2012, en el blog Generación Young

No me considero, en absoluto, fetichista, pero hay una historia que hace que guarde como oro en paño el libro donde la cuentan y la vieja cinta de VHS donde la grabé por primera vez. Y eso sin olvidar su fantástica banda sonora con la firma inconfundible de Willy DeVille y Mark Knopfler. Sí, estoy hablando de la película La princesa prometida.

Westley-y-ButtercupEstoy convencido de que no soy el único que considera especial esta película, a sus protagonistas, a la princesa Buttercup, a Wesley, que vuelve metido en la piel del supuestamente cruel pirata Roberts, al entrañable y monstruosamente fuerte Fezzik y, por supuesto, al carismático espadachín español Iñigo Montoya, que únicamente con su sobradamente conocida frase “Me llamo Iñigo Montoya, tú mataste a tu padre…” ha movido a la nostalgia a más de 78.000 usuarios de Facebook.

Han pasado 25 años desde el estreno de La princesa prometida

Probablemente si alguien se presentara hoy en día en Hollywood diciendo que quiere hacer una película sobre el amor verdadero, con espadachines, con un gigante que se hace bueno, con ratas de un tamaño desproporcionado que devoran hombres y por si esto fuera poco, con Billy Cristal, irreconocible como el Milagroso Max, resucitando al héroe cuando ya todo parecía perdido, sería expulsado de los estudios de forma inmisericorde. Por suerte, hace 25 años esto no era así.

Porque esos son los años que han pasado desde que muchos vimos la película por primera vez hasta esta semana, en la que el film se ha vuelto a proyectar en el Festival de Cine de Nueva York, consiguiendo que las colas dieran la vuelta por completo a un edificio del Lilcoln Center, según nos cuentan en el diario El Mundo. Allí se han dado cita muchos de los actores de la película, como Robin Wright (Buttercup), el ya citado Billy Cristal, Mandy Patinkin (Montoya), o Wallace Shawn (Vizzini), entre otros.

Hay películas que envejecen mal, y otras, como ésta, lo hacen de forma maravillosa, o tal vez se trate de que cuando algo nos gusta mucho, se lo perdonamos todo. Suele ocurrir cuando algo forma parte de nuestro acervo cultural y sentimental de forma irremediable.