Corría el año 1942 y las 23 integrantes de la Orden de las Hermanas Sufrientes de Santa Torcuata se reunieron alrededor del sepulcro de su fundadora, como hacían desde tiempo inmemorial cada 20 años para comprobar que el cuerpo de la santa seguía incorrupto. Para la madre superiora era la tercera, y con toda seguridad la última, participación en una ceremonia de ese tipo.

Todo seguía igual, salvo un par de pequeños detalles. El crucifijo que el cadaver sostenía entre sus manos no estaba en la posición correcta, sino boca abajo, y la cara momificada de la fundadora lucía una sonrisa sardónica, extraña. La madre superiora tragó saliva por tres veces antes de dar la orden de cerrar el sepulcro que, hasta que nosotros llegamos, no había vuelto a ser abierto.

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