—Siga, siga la bolita… ¿Dónde está, aquí, aquí, o aquí?

El turista no cabía en sí de de gozo. Henry, o William, o tal vez Albert, era la tercera vez consecutiva que acertaba. Un señor calvo, por contra, era escéptico.

—Ná, se lo está poniendo fácil para engañarlo, en cuanto apueste fuerte le dejan al guiri temblando.

Mientras tanto, Henry, o William, o tal vez Albert, anotaba la quinta victoria en su casillero.

—Ai lof espein. Dineruito, dineruito fácil en la caiye…

—Que no, que no, que lleva así todo el día, se lo juro.

—Calle, usted cállese, que seguro que es el gancho, que lo he visto en Comando Actualidad —el calvo insistía.

Al finalizar la jornada, Jordi recogía su pequeña mesa, la minúscula sillita de pescador, y metía en una bolsita las tres cáscaras de nuez, y la bola roja. De nuevo se había hecho trampas a sí mismo para devolver una pequeña parte de lo robado.

A %d blogueros les gusta esto: