Era el tercer año que Alvarito (…ito, ito le cantaban en la escuela, por ser el más bajito de la clase) intentaba que le dejaran montar en El pulpo loco, la mejor atracción sin duda de la pequeña feria del pueblo. Cuando le llego el turno después de haber hecho cola disciplinadamente de la mano de su hermano mayor, el feriante le escrutó con su único ojo.

A ver, ¡ponte ahí, chaval!, ¿no eres muy pequeño tú?
Tengo once años
¿Once años? ¿Seguro?

Alvaro no contesto. ¿Para qué?

Venga, pasa…

Tras tres años de espera lo había conseguido, finalmente podía montarse en El pulpo, la única conversación posible en el colegio el primer lunes después de las largas vacaciones de verano. Se sentó junto a su hermano, veterano ya en esas lides, que con semblante aburrido ayudó “al enano” a cerrar las sujecciones.

Saludó a su madre sonriente desde lo alto. Se oyó un leve crujido que anunciaba que el viaje estaba a punto de iniciarse. En cuanto la atracción empezó a moverse Alvarito supo que aquello no le iba a gustar nada.

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