Le llamaban el Curilla, porque ahogaba a sus víctimas en la pila de agua bendita. Casi todos los habitantes de la pequeña ciudad de provincias asistieron cuando rindió cuentas en el garrote vil. Ahora, vuelve cada 1 de noviembre; es un fantasmilla ruin, semiincorpóreo. Los zagalillos lo persiguen por las callejuelas que desembocan en la rambla, y le intentan acertar meando en su vieja sábana grisácea.

¡Toma, toma agua bendita!, le dicen.

Le da mucha rabia.

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