No creo ser más inteligente que la media, aunque hay enfermeras que lo dicen en los pasillos, entre susurros. Yo sólo le metí al doctor Santana una duda razonable en la cabeza: le pedí que me demostrara que el loco era yo, y no él. Ahora Miguel Santana es mi compañero en la habitación 374 del Hospital Psiquiátrico Los Olmos, ingresado por una profunda depresión; la persona que hace cuatro días controlaba mi vida ahora se toma dócilmente su medicación, y con ella la mía.

Ya nadie quiere tratarme. Mañana salgo de aquí.

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