Lucidez

Dos horas antes de morir, a media tarde, el abuelo tuvo unos inquietantes momentos de aparente lucidez. Los delirios se desprendieron como un velo, abrió los ojos de forma desmesurada, y durante unos minutos observó en silencio a todos los que estábamos en la habitación. Yo estaba medio oculto en una esquina, sentado en el suelo, en un hueco entre dos sillas, pero juraría que también era muy consciente de mi presencia.

“¡Sois todos unos hijos de la gran puta!”, bramó.

Mi abuela empezó a llorar, uno de mis tíos a sudar, y mi madre no sabía muy bien que hacer con las manos.

“Que sepáis todos que cambie el testamento hace un año”. Esto lo dijo susurrando como la serpiente que sale en El libro de la selva.

Después cerró los ojos, suspiró, y su cuerpo aguantó hasta la hora de cenar. Tan solo llamaba a mi abuela, como en sueños, de vez en cuando. Ella no quiso acercarse “al cabrón de mierda ese”, y se encerró en la cocina.

Mañana es la lectura de la última voluntad de mi abuelo. Están todos bastante nerviosos. A mí me parece todo francamente divertido. De momento.

17 de agosto de 2016. Santurtzi.

El sustanciero

El sustanciero

Habían pasado tres semanas desde la detención del sustanciero, y la conmoción era enorme en el barrio. Tres semanas desde que se descubrió que el malandrín asesinaba cada fin de semana a una moza casadera de la comarca, y que ese era el secreto de aquellos huesos tan delicados con finísimos jirones de carne.

Tres semanas en las que, con el nuevo sustanciero, la calidad y el sabor de nuestros caldos y cocidos había disminuido de forma notable. Y no, eso en el barrio no lo íbamos a tolerar.

La fuente de los deseos

La fuente de los deseos

Cuando el último autobús repleto de turistas abandonaba la plaza, los niños del pueblo nos quitábamos los zapatos, nos arremangábamos el pantalón si es que ese día tocaba llevarlo largo, y nos metíamos en la fuente a coger las monedas que ellos tiraban.

Mientras mis amigos celebraban con jolgorio el canje de los deseos improbables de otros, por sus pequeñas certezas a adquirir en la tienda de chuches de Paco, yo debo confesar que sentía cierta desazón cuando guardaba en mi viejo monedero de Naranjito la última asignatura de la carrera, pendiente de aprobar, de Andrés, el remedio a los dolores de la pierna de Gloria, y el sí que una chica llamada Natalia probablemente ya nunca daría.

El tendedero y los siete magníficos

El tendedero y los siete magníficos

Por vago. Se cayó por vago, por intentar coger el trapo de cocina que había en el otro extremo del tendedero sin molestarse en acercarlo y girarlo.

Durante el trayecto se acordó de un chiste que contaba uno de los personajes de Los siete magníficos, uno de un tipo que se caía desde lo alto de un edificio, y al pasar por cada planta iba diciendo a los que estaban asomados:

“De momento bien…”

Lo encontraron en el fondo del patio, con una sonrisa sardónica en su rostro. El forense comentó que al parecer no había intentando salvarse agarrándose a otros tendederos. Por vago, añadió el presidente de la comunidad.

El trilero

El trilero

—Siga, siga la bolita… ¿Dónde está, aquí, aquí, o aquí?

El turista no cabía en sí de de gozo. Henry, o William, o tal vez Albert, era la tercera vez consecutiva que acertaba. Un señor calvo, por contra, era escéptico.

—Ná, se lo está poniendo fácil para engañarlo, en cuanto apueste fuerte le dejan al guiri temblando.

Mientras tanto, Henry, o William, o tal vez Albert, anotaba la quinta victoria en su casillero.

—Ai lof espein. Dineruito, dineruito fácil en la caiye…

—Que no, que no, que lleva así todo el día, se lo juro.

—Calle, usted cállese, que seguro que es el gancho, que lo he visto en Comando Actualidad —el calvo insistía.

Al finalizar la jornada, Jordi recogía su pequeña mesa, la minúscula sillita de pescador, y metía en una bolsita las tres cáscaras de nuez, y la bola roja. De nuevo se había hecho trampas a sí mismo para devolver una pequeña parte de lo robado.

Café con putis

Café con putis

Mi padre no era mucho de desayunar en casa. Le gustaba más ir al puticlub de la esquina, a tomar un café con leche con una madalena, decía él, a por el café con putis, decía mi madre. Un jueves de cada dos, invariablemente, le tenía que ir a buscar, porque el repartidor dejaba la bombona de butano en el portal, se negaba a subir por aquella escalera-de-mierda hasta el cuarto piso.

Papá siempre estaba acodado en la barra, con los ojos vidriosos reflejando las lentejuelas del vestido de Loles. A mí la taza más que a café me olía a otra cosa, que con el tiempo supe que era orujo, pero juro que de putis nada; mi padre siempre me dejaba mordisquear el último trozo de la madalena.