Mi padre no era mucho de desayunar en casa. Le gustaba más ir al puticlub de la esquina, a tomar un café con leche con una madalena, decía él, a por el café con putis, decía mi madre. Un jueves de cada dos, invariablemente, le tenía que ir a buscar, porque el repartidor dejaba la bombona de butano en el portal, se negaba a subir por aquella escalera-de-mierda hasta el cuarto piso.

Papá siempre estaba acodado en la barra, con los ojos vidriosos reflejando las lentejuelas del vestido de Loles. A mí la taza más que a café me olía a otra cosa, que con el tiempo supe que era orujo, pero juro que de putis nada; mi padre siempre me dejaba mordisquear el último trozo de la madalena.

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